– No te voy a decir, como te dije una vez hace tiempo, que porque eres el mejor, o porque tienes una suerte del carajo y las cosas te salen bien. Ni te lo imagines, eso ya pasó, ¿OK? ¿Qué te parece si te digo que te escogí porque me dio la gana o porque prefiero tenerte por aquí y no en tu casa soñando con novelas que nunca vas a escribir, o porque éste es un caso de mierda que cualquiera lo resuelve? Escoge la idea que más te guste y márcala con una cruz.

– Me quedo con la que no me quieres decir.

– Ese es tu problema. ¿Está bien? Mira, en cada provincia hay un oficial encargado de la búsqueda de Morín. Ahí tienes el modelo de la denuncia, las órdenes que se han dado desde ayer y la lista de la gente que puede trabajar contigo. Te di otra vez a Manolo… Están las señas del hombre, una foto y una pequeña biografía que nos hizo la mujer.

– Donde se dice que es un upo intachable.

– Yo sé que no te gustan los intachables pero te jodiste. Sí, parece un hombre intachable, un compañero de confianza y nadie tiene la más mínima idea de dónde pueda estar metido o qué le pasó, aunque yo pienso lo peor… Ya, ¿y a ti no te interesa nada? -tronó, cambiando bruscamente el tono de su voz.

– ¿Salida del país?

– Muy improbable. Además, sólo hubo dos intentos, frustrados. El viento del norte está cabrón. -¿Hospitales?

– Por supuesto que nada, Mario.

– ¿Hoteles?

El Viejo negó con la cabeza y apoyó los codos en el buró. Tal vez se estaba aburriendo.

– ¿Asilo político en posadas, vayuses, pilotos clandestinos?

Al fin sonrió. Apenas un movimiento del labio sobre el tabaco.

– Vete al carajo, Mario, pero acuérdate de lo que te dije: a la próxima te parto la vida, con juicio por desacato y todo.

El teniente Mario Conde se puso de pie. Recogió el file con la mano izquierda, y después de acomodarse la pistola esbozó un saludo militar. Empezaba a girar cuando el mayor Rangel ensayó otra de sus combinaciones de voz y tono, buscando el raro equilibrio que indicara persuasión y curiosidad a un tiempo:



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