
Los de Párraga, alardosos y silvestres, resistían ei sol de septiembre en medio de la Plaza Roja, me la juego que estaban nerviosos. Su guapería los hacía cautelosos, eran de esos tipos que usan calzoncillos de páticas por si las moscas, los hombres son hombres y lo demás es mariconería, decían, y lo observaban todo pasándose el pañuelo por la boca, casi ni hablaban y la mayoría lucía su flaitó con motas, el pelado de la rutina y la hombría, y las muchachitas la verdad que no estaban mal, serían buenas bailadoras de casino y eso y conversaban bajito, como si estuvieran un poco asustadas de ver a tanta gente por primera vez en su vida. Los de Santos Suárez no, ésos eran distintos, parecían más finos, más rubiecitos, más estudiosos, más limpios y planchaditos, no sé: tenían caras de vanguardias y de tener papas y mamas poderosos. Pero los de Lawton casi eran iguales a los de Párraga: la mayoría eran guaposos y lo miraban todo con recelo, también se pasaban el pañuelo por la boca, y enseguida pensé que habría duelos de guapería.
Nosotros, los del barrio, éramos los más indefinibles: el piquete del Loquillo, Potaje, el Ñañara y esa gente parecían de Párraga, por el pelado y la rutina; había otros que parecían de Santos Suárez, el Pello, Mandrake, Ernestico y Andrés, quizás por la ropa; otros, del Varona, por la seguridad y la confianza con que fumaban y hablaban; y yo parecía un verdadero comemierda al lado del Conejo y Andrés, tratando de que todo me entrara por los ojos y buscando en la multitud ajena y desconocida a la muchacha que debía ser mi novia: la quería trigueña,
