
– La playa no. Aunque esta isla posee ciertamente las mejores playas del mundo, no hay nada extraordinario en la arena. He decidido que empezaremos por el baniano o higuera de Bengala.
Phoebe resistió el impulso de meterse un dedo en la oreja por si tenía algo dentro y no había oído bien.
– Yo, er… -suspiró-. No entiendo.
– Entonces tendré que ser más claro. Ayer me encantó lo que me contó sobre la última voluntad de su tía y he decidido ayudarla en su misión. En consecuencia, la acompañaré gustoso a todos los lugares de la lista -sonrió, divertido-. Bueno, quizá no a todos.
Phoebe pensó instantáneamente en Punta Lucia, como sin duda él había pretendido que hiciera. Pensó que debía de estar burlándose de ella. ¿Sería posible? Nadie se había tomado nunca el tiempo y la molestia de bromear con ella y tomarle el pelo. Y, por muy tentadora que fuese su oferta, había un par de cosas que no podía olvidar.
– Por nada del mundo querría suponer una molestia, y aunque usted estuviera dispuesto a compartir su tiempo conmigo… la verdad es que acabamos de conocernos. Ni siquiera sé su nombre.
El hombre se llevó una mano al pecho.
– Le ruego disculpe mi torpeza -le hizo una ligera reverencia-. Mi nombre es Mazin y estaré a su entera disposición durante todo el tiempo que usted guste.
Phoebe no podía creer que todo aquello pudiera estar sucediendo. Quizá en una película sí, pero no en la vida real, y desde luego no a ella. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que todo el mundo en el vestíbulo los estaba mirando. Vaciló, indecisa entre lo que quería hacer y lo que sabía que debía hacer.
– ¿Señorita Carson? -de repente se acercó un hombre. En la pequeña placa que llevaba en la solapa se leía su nombre y su cargo: Sr. Eldon. Director-. Yo le aseguro que… -miró a su interlocutor- que Mazin es un caballero honorable. No tiene por qué albergar ningún temor en su compañía.
