
El día anterior la había visto atravesar la aduana. Le había parecido una chica valiente a la vez que asustada… y terriblemente inocente. Más tarde, cuando vio que estaba sola y que no acudía nadie a recogerla, se había acercado a ella por razones que todavía no conseguía explicarse.
El también acababa de volver de viaje del extranjero, y en vez de correr a casa, se había molestado en abordarla y hablar con ella. Y, después de aquello, ya no había podido olvidarse de ella.
«Una locura», se dijo. Una simple locura.
– Parece que hace muy buen tiempo -dijo Phoebe, interrumpiendo sus pensamientos.
El cielo estaba azul, sin nubes.
– Ésta es nuestra estación seca. Sólo cae alguna que otra llovizna. En el otoño llega la estación húmeda, seguida de varios meses de monzón. A veces me sorprende que la isla entera no haya sido barrida por el mar. Pero sobrevivimos, y después de las lluvias, todo vuelve a brotar.
Quizá fueran sus ojos, pensó mientras volvía a fijar la mirada en la carretera: eran tan grandes y azules… «Confiados», pesó, sombrío. Ella era demasiado confiada. Nadie podía ser tan inocente. Apretó los dientes. ¿Era ése el problema? ¿Pensaba que ella estaba fingiendo?
No estaba seguro. ¿Las mujeres como ella existían, o era todo una elaborada farsa para acercarse a él? La miró, contemplando la larga melena rubia que se había recogido en una trenza, así como su ropa sencilla y barata. ¿Estaría intentando hacerle bajar la guardia haciéndose pasar por alguien que no pertenecía a su ambiente? Si hubiera sido así, lo habría notado. Por razones que no conseguía explicar, aquella chica lo intrigaba.
Así que jugaría a su juego, fuera el que fuese, hasta que descubriera la verdad, o se cansara de ella. Porque Terminaría cansándose de ella. Siempre era así.
