
– Dijiste que tu familia llevaba aquí cinco siglos -le dijo ella, lanzándole una rápida mirada antes de volver a concentrar su atención en el paisaje.
– La isla fue primeramente descubierta por exploradores procedentes de Bahania hará unos mil años. Estaba sin habitar y la consideraron tierra sagrada. Cuando los viajeros europeos partieron a la conquista del Nuevo Mundo, el rey de Bahania temió que su paraíso privado fuera a caer en manos de la monarquía portuguesa, la hispánica o la inglesa, así que envió a unos parientes suyos a colonizarla. Al final, la isla se fue poblando y obtuvo la soberanía. Hasta el día de hoy, el príncipe real de la isla siempre ha estado emparentado con el monarca de Bahania.
Phoebe se volvió para mirarlo, con los ojos muy abiertos.
– Supongo que sabía que había un príncipe, porque fue precisamente por su culpa por lo que mi tía abuela tuvo que marcharse, pero hasta ahora me había olvidado de ello… ¿Vive en la isla?
– Sí. Reside de manera permanente en ella.
Lo estaba mirando como si fuera a hacerle otra pregunta cuando llegaron a un claro en el bosque y el mar apareció ante ellos.
– Es precioso -comentó Phoebe, impresionada.
– ¿No sueles ver mucho el mar allá donde vives?
– A veces -sonrió-. La casa de Ayanna está a varios kilómetros tierra adentro. Yo solía frecuentar mucho la playa cuando estaba estudiando, pero una vez que ella se puso enferma, ya no tuve tiempo.
Ella apoyó las puntas de los dedos en el cristal de la ventanilla. Sus manos parecían tan delicadas como el resto de su cuerpo. Mazin contempló su ropa: era vieja, pero bien cuidada. Con un vestido de diseñador, un poco de maquillaje y un peinado a la moda, sería toda una belleza. Pero, tal como iba, no era más que una simple paloma gris.
Aunque la fantasía de una Phoebe femme fatale no dejaba de atraerle, se sorprendió a sí mismo igualmente atraído por la pequeña paloma que estaba sentada a su lado.
