
Una paloma que, por cierto, ignoraba en absoluto quién era él. Quizá eso formara parte de su atractivo. Raras eran las ocasiones en que pasaba tiempo con mujeres que no sabían quién era ni lo que podía llegar a darles.
– Hay un bosquecillo de pimenteros -dijo de repente, señalando a su izquierda.
Se volvió para mirarla. En el instante en que ella se inclinó para mirar, Mazin reconoció su aroma. A jabón, pensó, casi sonriéndose. Olía al jabón de rosas del Parrot Bay Inn.
– Decenas de pimientas de diferentes clases se cultivan aquí.
– ¿Qué flores son ésas? -preguntó ella-. ¿Son las de los pimenteros?
– No, son orquídeas. Son parásitas, se agarran a ramas de los árboles. La gente las usa para decoración, pero también para perfumes. Los árboles de mango son los mejores anfitriones, pero puedes encontrar orquídeas en casi cualquier árbol de la isla.
– Dijiste que también hay petróleo en la isla. ¿O es en el mar?
– Hay en la tierra y en el mar.
Mazin esperó, preguntándose si sería en aquel momento cuando por fin descubriera su juego. El interés por el petróleo significaba interés por el dinero… especialmente por el suyo. Pero Phoebe ni siquiera pestañeó. Volvió a mirar por la ventanilla, como si el tema del petróleo no le preocupara lo más mínimo.
Ahora que pensaba sobre ello, se daba cuenta de que el entusiasmo que había demostrado por la isla era mucho mayor que el que había demostrado por su compañía. ¿Sería realmente la tímida y sencilla turista que parecía ser?
No podía recordar la última vez que una mujer no había escuchado con embeleso cada una de sus palabras. Si aquello era cierto, se trataba, desde luego, de una experiencia única.
A la vuelta de un recodo de la carretera, apareció ante ellos el gran bazar de la isla.
– El mercado de Lucia-Serrat tiene unos cinco siglos de antigüedad. Incluso conserva parte de las murallas.
