
Phoebe juntó las manos, deleitada.
– Oh, Mazin, tenemos que parar… Mira lo que están vendiendo. Esas vasijas de cobre y esas flores y… oh, ¿eso es un mono?
Rió al ver a un pequeño mono saltando de silla en silla en la terraza de un café para terminar robando una pieza de mango, en un puesto cercano. El dueño del mono se apresuró a pagar al tendero antes de que llegara a enfadarse.
Mazin negó con la cabeza.
– Hoy no, Phoebe. Dejaremos el bazar para otro día. Recuerda que tienes una lista. Para poder verlo todo debemos proceder con orden.
– Por supuesto -se recostó de nuevo en su asiento-. El sentido del orden es algo que siempre he defendido -suspiró-. Lo que pasa es que esta isla tiene algo especial, algo que me hace desear olvidarme de todo, ser… imprudente -le sonrió-. Aunque yo no soy una persona de naturaleza imprudente.
– Ya.
Sus inocentes palabras, la luz de sus ojos y la sonrisa que se detuvo en sus labios le provocaron una punzada de deseo. La excitación fue tan inesperada que Mazin casi no la reconoció al principio.
La deseaba. ¿Cuándo había sido la última vez que no había hecho el amor automáticamente, por costumbre? Su deseo se había apagado hasta el punto de que apenas recordaba lo que era el dolor de la pasión. Se había acostado con las mujeres más bellas y expertas que había conocido, y ninguna de ellas había excitado su deseo más allá de lo necesario para cumplir en la cama. Y en ese momento, con aquella sencilla palomita gris, sentía un ardor que no había experimentado en años.
El destino había vuelto a gastarle una pesada broma.
– ¿Qué es lo que sabes de la Lucia-Serrat de hoy en día?
– Poca cosa. Ayanna me hablaba sobre todo del pasado. De cómo era la isla cuando ella tenía mi edad -una expresión de nostalgia iluminó su rostro-. Recuerdo que me hablaba de las espléndidas fiestas a las que asistía. Al parecer, en más de una ocasión fue invitada a la residencia del príncipe. Allí conoció a dignatarios visitantes de otros países. Incluso llegó a conocer al príncipe de Gales, el que se convertiría en el rey Eduardo y que terminó abdicando del trono por la señora Simpson. Ayanna me comentó que era un gran bailarín.
