
Le habló de las otras fiestas a las que había asistido su tía abuela. Mazin no estaba seguro de si su falta de conocimientos sobre la Lucia-Serrat actual era real o fingida. Si se trataba de una actuación, lo estaba haciendo maravillosamente bien. Si no…
No quería analizar esa posibilidad. Si Phoebe Carson era exactamente lo que parecía ser, no tenía sentido que se relacionase con ella. Estaba cansado y era demasiado mayor. Desgraciadamente, después de aquella repentina e inesperada punzada de excitación, dudaba que fuera lo suficientemente noble como para retirarse.
– Mira -le dijo, señalando su ventanilla-. Hay loros en los árboles.
Phoebe se estiró para ver mejor y bajó el cristal. Los altos árboles bullían de aves multicolores. Rojos, verdes y azules se mezclaban en un inquiero arco iris. Aspirando el dulce aroma de la isla, volvió a pensar en el milagro de que estuviera en ese momento allí, viendo todo aquello.
Mazin giró a la izquierda, tierra adentro. Mazin. Phoebe todavía no podía creer que hubiera ido a buscarla aquella mañana al hotel solamente para enseñarle la isla y ayudarla con la lista de Ayanna. Los hombres nunca se fijaban en ella. Ya era suficientemente increíble que se hubiera detenido a hablar con ella el día anterior, pero que se hubiera acordado de su persona después… ¿quién habría pensado que algo así sería posible?
Se secó las palmas de las manos en el pantalón: las tenía húmedas de sudor. Nervios, pensó. Nunca había conocido a nadie como Mazin. Era un hombre tan sofisticado… La ponía nerviosa.
Delante de ellos, un cartel indicador llamó su atención. Tenía la figura tallada de un pequeño animal, sentado sobre sus patas traseras y con la cabeza levantada hacia el cielo.
