Acababa de abrir la cremallera del bolso cuando Mazin se volvió hacia ella y la miró. Entrecerró los ojos oscuros.

– Ni se te ocurra insultarme, paloma mía.

Había un tono acerado detrás de sus palabras. Phoebe asintió y soltó el bolso. Luego se repitió para sus adentros la frase que le había soltado, deteniéndose en las últimas palabras: «paloma mía». Intentó decirse que no significaba nada. Ningún hombre la había llamado nunca de otra manera que no fuera por su nombre. Sin embargo, no era nada relevante. Probablemente utilizaría aquel lenguaje tan florido con cualquier persona.

Atesoraría aquel detalle en su memoria. De esa manera más tarde, cuando estuviera sola, lo recordaría y fingiría que había significado algo más. Sería como un inofensivo juego, ideal para combatir la soledad.

Mazin recogió los dos billetes y entraron por un arco cubierto de buganvillas.

– La gente piensa que el rojo y el rosa de las buganvillas son las flores -comentó Phoebe en otro impulso, antes de que pudiera evitarlo-. Y en realidad son las hojas. Las flores son muy pequeñas y suelen ser blancas.

– ¿Sabes de horticultura?

– Oh, en realidad no. Simplemente he leído eso en alguna parte. Leo muchas cosas. Tengo la cabeza llena de datos de todo tipo. Probablemente se me daría bien participar en un concurso de televisión.

Apretó los labios para no seguir hablando. Por fuerza tenía que parecerle una estúpida. Si continuaba comportándose como una imbécil, seguro que Mazin no querría pasar más tiempo con ella.

Las piedras del sendero se habían gastado y pulido por los años de uso. Entraron en una zona umbría, a la sombra de unos grandes árboles. A su alrededor, se extendían diversos jardines de flores. Al doblar una esquina, Phoebe se quedó sin aliento. Frente a ellos se alzaba el famoso baniano de Lucia-Serrat.



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