
Desde donde estaban, ni siquiera podía ver el centro del árbol. Las ramas se diseminaban en todas direcciones, algunas tan gruesas como el tronco de una persona. Las raíces se alzaban del suelo para volver a anclar el árbol en decenas de lugares.
El árbol mismo se estiraba y extendía sin fin. Un pequeño letrero explicaba que la circunferencia de las raíces aéreas abarcaba unas cuatro hectáreas.
– ¿Es el más grande del mundo? -preguntó ella.
– No. En India existe uno todavía mayor. También hay otro baniano en Hawaii, aunque éste es más grande.
Las hojas eran enormes y ovaladas. Phoebe avanzó, internándose bajo varias ramas. Había recorridos señalizados entre la red de raíces aéreas. Casi con reverencia acarició la corteza, sorprendentemente lisa. Aquel árbol tenía siglos de existencia.
– Lo siento como si fuera un ser vivo más de la isla -murmuró, volviéndose para mirar a Mazin.
– Es muy fuerte. Una vez arraigado, puede sobrevivir a cualquier tormenta. Aunque una parte quede destruida, el resto sobrevive.
– A mí no me importaría ser tan fuerte, desde luego -se agachó para recoger una hoja que había en el suelo.
– ¿Por qué piensas que no lo eres?
Lo miró. Oculto por las sombras del árbol, su expresión era inescrutable. De repente Phoebe se dio cuenta de que no sabía nada sobre aquel hombre y que se encontraba en una isla desconocida. Podría tener la costumbre de secuestrar a las turistas que viajaban solas… Debería obrar con cautela. Desconfiar.
Y, sin embargo, no quería hacerlo. Aquel hombre no dejaba de atraerla. Tal vez fuera una estúpida por confiar en él, pero no podía evitarlo.
– La fuerza requiere conocimiento y experiencia. Yo no he vivido mucho. Tampoco he estudiado en la universidad -se incorporó, con la hoja en la mano-.
