Mi tía cayó enferma el verano siguiente al año de mi graduación en el instituto. Ella quería que viviera mi vida, pero yo decidí quedarme en casa para cuidarla -estuvo acariciando la hoja y luego la dejó caer al suelo-. No es que me queje: no me arrepiento de nada. Quise mucho a Ayanna y daría cualquier cosa por volver a tenerla a mi lado. Preferiría estar con ella ahora en vez de aquí o… -se interrumpió cuando se dio cuenta de lo que había dicho. Una oleada de vergüenza la invadió-. Lo siento. No pretendía insinuar que no esté disfrutando de tu compañía…

Mazin ignoró su disculpa con un gesto.

– No me he ofendido. El amor que le profesabas a tu tía es evidente.

La miraba como si estuviera delante de una extraña criatura que no hubiera visto antes. Phoebe se tocó una mejilla con el dorso de la mano, esperando que las sombras del árbol escondieran su rubor. Indudablemente debía de encontrarla sosa y aburrida.

– ¿Tienes hambre? -le preguntó él bruscamente-. Hay una cafetería aquí cerca. Pensé que podríamos comer algo.

El corazón le dio un vuelco en el pecho, su vergüenza desapareció y fue como si el sol brillara todavía un poco más. Mazin le tendió la mano, a modo de invitación. Phoebe vaciló solamente un segundo antes de aceptarla.

Tres

La cafetería se levantaba al borde del mar. Phoebe tenía la sensación de que si estiraba un pie, podía tocar el agua azul. Una suave brisa transportaba el aroma de la sal y de las flores de la isla, perfumando el aire. Hacía mucho sol, pero bajo la gran sombrilla la temperatura era fresca.

De repente sintió el abrumador impulso de ponerse a dar saltos de alegría. No podía creer que estuviera en ese momento allí, en aquella isla, comiendo con un hombre tan guapo… Si aquello era un sueño, no quería despertarse.

Mazin estaba siendo tan amable con ella… Todavía sentía un cosquilleo en los dedos de cuando la tomó de la mano mientras la llevaba de vuelta al coche. Era consciente de que él no había dado significado alguno a aquel gesto. No podía haber imaginado, por tanto, hasta qué punto el calor de su contacto le había quemado la piel, acelerándole deliciosamente el pulso.



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