
– ¿Tal vez estaba buscando otra cosa?
– No. Sólo estaba echando un vistazo.
Se arriesgó a mirarlo otra vez. Había un brillo en sus ojos oscuros, un brillo casi… amable. Lo cual era absurdo. Los caballeros tan atractivos como aquél no solían fijarse en las mujeres como ella. De hecho, nadie se fijaba en Phoebe. Era demasiado alta, demasiado flaca y demasiado plana. Pero tampoco nadie la había puesto nunca tan nerviosa, como le estaba sucediendo en ese momento.
– ¿Es su primera visita a Lucia-Serrat? -le preguntó él.
Phoebe pensó inmediatamente en las páginas en blanco de su pasaporte nuevo.
– Es mi primer viaje tan lejos -confesó-. Hasta esta misma mañana, nunca había volado en avión -frunció el ceño al pensar en los husos horarios que había atravesado-. O quizá fue ayer. Volé de Miami a Nueva York, luego a Bahania, y por fin hasta aquí.
El desconocido arqueó una ceja.
– Entiendo. Disculpe la observación, pero Lucia-Serrar me parece un destino poco frecuente para un primer viaje. Poca gente conoce la isla. Aunque es preciosa, claro.
– Mucho -asintió-. Hasta el momento no he visto gran cosa. Quiero decir que… acabo de llegar, pero algo he visto desde el avión. La isla me recordó una esmeralda, tan verde y reluciente en medio del océano… -respiró hondo-. Incluso huele distinto. Florida también tiene clima tropical, pero no es así. Todo el mundo parece tan cosmopolita, tan seguro de sí mismo… -de repente apretó los labios y bajó la mirada-. Perdone, no era mi intención hablar tanto, yo…
– No se disculpe. Me encanta su entusiasmo.
Phoebe pensó que había algo mágico en la cadencia de su tono. Su inglés era perfecto, pero a la vez demasiado formal. Tenía también un rastro de acento, que no consiguió identificar.
La tocó ligeramente la barbilla, como pidiéndole que alzara la cabeza. Fue un contacto fugaz, pero Phoebe se estremeció de la cabeza a los pies.
