– ¿Qué la ha traído a mi isla? -le preguntó el desconocido con tono suave.

– ¿Usted vive aquí?

– Toda mi vida he vivido aquí -se encogió de hombros-. Mi familia lleva cerca de quinientos años establecida en la isla. Vinimos a por especias y nos quedamos por el petróleo.

– Oh, vaya… Yo, er… quería visitarla porque una pariente mía, una tía abuela, nació aquí. Siempre estaba hablando de la isla y de lo mucho que lamentó tener que marcharse. Falleció hace unos meses -parte de la felicidad que la invadía desapareció víctima de una punzada de soledad-. Ella quería que yo viera mundo, y su última voluntad fue precisamente que empezara mi viaje por la isla donde nació.

– ¿Estaban muy unidas?

Phoebe se apoyó en la vitrina de las joyas. Por el rabillo del ojo vio que las dos dependientas los estaban mirando con expresión inquieta. Sin embargo, no se decidían a acercarse.

– Ella me crió -respondió, volviendo de nuevo su atención al desconocido-. Nunca llegué a conocer a mi padre, y mi madre murió cuando yo tenía ocho años. La tía Ayanna se hizo cargo de mí -sonrió al recordarlo-. Yo nací en Colorado, así que trasladarme a Florida fue una experiencia excitante. Ayanna decía que era el lugar más parecido a Lucia-Serrat que había podido encontrar. Echaba mucho de menos la isla.

– Así que usted ha querido honrar su memoria visitándola.

Phoebe nunca lo había considerado de esa manera. Sonrió.

– Pues sí. Quiero visitar los lugares que a ella tanto le gustaron. Incluso me facilitó una lista.

El alto desconocido estiró una mano. Obviamente quería leer aquella lista. Phoebe la sacó de un bolsillo exterior del bolso y se la entregó.

El hombre desdobló la hoja de papel y la leyó en silencio. Mientras tanto, Phoebe aprovechó la oportunidad para estudiar su espeso cabello, la longitud de sus pestañas, su poderosa constitución física. No estaban muy cerca, y sin embargo habría jurado que podía sentir el calor de su cuerpo.



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