Se apresuró a decirse que era una locura pensar esas cosas. Pero era cierro. Un delicioso calor la envolvió mientras continuaba observándolo.

– Una excelente elección -sentenció él al tiempo que le devolvía la lista-. ¿Conoced usted la leyenda de la Punta Lucia?

Hacía mucho tiempo que Phoebe había memorizado la lista de lugares de Ayanna. La Punta Lucia era el segundo comenzando por el final.

– No.

– Se dice que sólo pueden visitarlo los amantes. Si hacen el amor a la sombra de la cascada, serán bendecidos durante el resto de sus días. ¿Ha traído a su amante con usted?

Phoebe sospechaba que se estaba burlando de ella, pero aun así no pudo evitar ruborizarse. ¿Un amante? ¿Acaso aquel hombre, sólo con mirarla, no podía adivinar que nunca había tenido un novio, y mucho menos un amante?

Antes de que se le ocurriera algo que decir, preferiblemente algo ingenioso y sofisticado, un hombre de uniforme apareció a su lado.

– ¿Señorita Phoebe Carson? He venido para llevarla a su hotel -le hizo una cortés reverencia y recogió su equipaje-. Cuando guste -añadió, y salió de la tienda.

Phoebe miró por la ventana y vio una camioneta verde aparcada a la entrada. En un costado se podía leer, en letras doradas, Parrot Bay Inn, que era el nombre del que sería su alojamiento durante el mes siguiente.

– Han venido a buscarme -informó al desconocido que se había detenido a charlar con ella.

– Ya lo veo. Espero que disfrute de su estancia en Lucia-Serrat.

Sus ojos oscuros parecían traspasarla, asomarse a su interior. ¿Podría leerle el pensamiento? Esperaba que no, porque si ése era el caso, descubriría que no era más que una joven ingenua e inexperta que, al lado de un hombre como él, se sentía completamente fuera de su ambiente.

– Ha sido usted muy amable -murmuró, dado que no se le ocurría otra cosa.

– Ha sido un placer.



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