
Antes de que Phoebe pudiera volverse, el desconocido le tomó una mano, inclinó la cabeza y le besó levemente los dedos. Aquel anticuado y encantador gesto le robó el aliento, al tiempo que le provocaba un delicioso cosquilleo que le subió por el brazo.
– Quizá tengamos la suerte de volver a encontrarnos en alguna otra ocasión.
Phoebe era incapaz de pronunciar palabra. Afortunadamente, él se marchó antes de que ella pudiera hacer algo realmente embarazoso, como tartamudear o balbucear. Al cabo de un par de segundos fue capaz de volver a respirar. Luego se obligó a caminar. Abandonó la tienda y salió a la calle. Sólo entonces, una vez instalada en la camioneta del hotel, pensó en mirar al hombre que había conocido en aquella tienda. Ni siquiera sabía su nombre.
Pero por más que miraba, ya no podía verlo. El chófer se sentó al volante y arrancó. Cinco minutos después, habían dejado atrás el aeropuerto y enfilaban por una cartelera de dos carriles que bordeaba el acantilado, sobre el mar.
A su derecha, el océano se extendía hasta el horizonte, mientras que a su izquierda la voluptuosa vegetación tropical desbordaba la cuneta del camino. Manchas de color salpicaban los árboles, prueba de la presencia de los loros que habían colonizado la isla. Phoebe aspiró profundamente aquel aire salado que olía a tierra fresca y húmeda, recientemente lavada por las lluvias.
Sintió una punzada de entusiasmo. «Estoy realmente aquí», pensó cuando la camioneta llegó al hotel. El Parrot Bay Inn tenía dos siglos de antigüedad. El blanco edificio levantaba varios pisos de altura, con los dos inferiores cubiertos de buganvillas rojas y rosadas. El vestíbulo era un atrio abierto, con una mesa de recepción de madera tallada, testigo de la elegancia de otros tiempos. Una vez registrada, Phoebe se dejó guiar a la habitación.
Ayanna le había hecho prometer que visitaría la isla de Lucia-Serrat durante todo un mes, y que se alojaría durante todo el tiempo en el Parrot Bay Inn. Phoebe se negó a pensar en el precio mientras la conducían a una encantadora mini suite con vistas al océano y una romántica terraza digna de Romeo y Julieta. Cuando salió a tiempo de ver hundirse el sol, se sentía como si estuviera flotando.
