
Una paleta de tonalidades rojas y anaranjadas coloreaba el cielo. De azul, el agua del mar se había tornado verde oscura. Apoyada en la barandilla, Phoebe aspiró los aromas de la isla, saboreando el momento.
Cuando se hizo de noche, volvió a entrar en la habitación para deshacer el equipaje. La cama de dosel parecía cómoda y el baño, blanco y deliciosamente anticuado, era amplio y contenía todos los artículos necesarios. Aunque el silencio reinante le entristecía un poco, se negó a dejarse abatir por aquella sensación de soledad. Estaba acostumbrada a arreglárselas sola. Allí, en la isla donde había nacido su tía abuela, podría conocer todas aquellas cosas de las que tanto había oído hablar. Podría sentir la presencia de Ayanna, empezar a vivir su vida.
Justo cuando se disponía a bajar para cenar, llamaron a la puerta. Nada más abrir, un botones apareció ante ella cargado con un gran ramo de flores exóticas. El joven le entregó las flores y se marchó antes de que Phoebe pudiera protestar. Tenía que ser algún error. Nadie podía regalarle flores…
Aunque sabía que era una tontería, no pudo evitar imaginarse que quizá había sido el atractivo desconocido que había encontrado en la tienda del aeropuerto. No. No podía ser él. Debía de tener treinta y tres o treinta y cuatro años, por lo menos. La habría mirado como a una niña, nada más. Aun Así, los dedos le temblaron mientras abría el sobre blanco que acompañaba las flores.
Espero que su estancia en la isla resulte deliciosa.
Ninguna firma. Lo que quería decir que aunque no había podido enviárselas el hombre de la tienda, ella podía imaginar que así había sido. Podía fantasear con que se había mostrado divertida y encantadora con él, en vez de tímida y vergonzosa. Que en lugar de llevar una ropa vieja y anticuada, había proyectado una imagen tan elegante y sofisticada que lo había dejado impresionado: al menos tanto como él la había dejado a ella.
