
Everard vaciló. Tenía la sensación de que todo iba demasiado rápido. Allí había algo más que una oficina y un tipo amable. Aun así… Una decisión:
—Firmaré cuando me haya dicho de qué va todo.
—Como desee. —El señor Gordon se encogió de hombros—. Como le convenga. Las pruebas dirán si va a hacerlo o no, ya sabe. Empleamos técnicas muy avanzadas.
Aquello, al menos, era completamente cierto. Everard sabía algo sobre psicología moderna: encefalogramas, pruebas de asociación, el perfil de Minnesota. No reconoció ninguna de las máquinas cubiertas que susurraban y parpadeaban a su alrededor. Las preguntas que le disparó el asistente —un hombre de piel blanca y completamente calvo de edad indeterminada, con un fuerte acento y sin expresión facial— le parecía que no guardaban relación con nada. ¿Y qué era el casco de metal que se suponía que debía llevar sobre la cabeza? ¿Adonde iban los cables que salían de él?
Miró furtivamente los indicadores, pero ni las letras ni los números se parecían a nada que hubiese visto. Ni inglés, ni francés, ni ruso, ni griego, ni chino, ni nada perteneciente al año 1954. Quizá, ya entonces, empezaba a intuir la verdad.
Un curioso conocimiento interior empezó a desarrollarse en él a medida que las pruebas se sucedían. Manson Emmert Everard, treinta años, antiguo teniente de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos; experiencia en diseño y producción en América, Suecia, Arabia; aun así soltero, aunque progresivamente más melancólico cuando pensaba en sus amigos casados; no tenía novia, ninguna relación fuerte de ningún tipo; algo bibliófilo; un jugador de póquer empedernido; le gustaban los botes de vela, los caballos y los rifles; iba de acampada y a pescar cuando estaba de vacaciones. Claro, esas cosas ya las sabía, pero hasta entonces constituían fragmentos aislados de sí mismo. Era curioso percibirse de pronto como un organismo integrado, comprender que cada característica era una faceta inevitable de una estructura global.
