
Algo había volado un agujero desde el exterior y había comenzado un fuego. El olor a humo no podía evitar que el hedor a carne podrida se elevara hasta hacer que su piel se erizara incluso en lo profundo de la forma del pájaro. Vampiro. El olor estaba allí, aunque desvaído, como si se hubieran sucedido muchos alzamientos desde que el no muerto había visitado este lugar. Aún así, el lamento de la muerte se alzaba desde los terrenos de los alrededores.
El lado derecho del edificio estaba ennegrecido y un agujero ofrecía vistazos del interior. Una batalla muy reciente, quizás en el último par de horas, había tenido lugar aquí. Los ojos agudos del águila pudieron ver los muebles volcados dentro, un escritorio y dos jaulas. Un cuerpo yacía inmóvil en el suelo.
En el exterior dos hombres, humanos, estaba seguro, se encontraban fuera del edificio con el equipo de combate, grandes fusiles atados a los hombros. Uno inclinó una botella de agua en su boca y luego retrocedió al refugio relativo de la puerta, tratando de evitar la lluvia constante. El segundo aguantaba estoicamente, el agua lo empapaba, mientras decía unas pocas palabras al primer guardia, antes de moverse para rodear el edificio. Ambos permanecían vigilantes y el guardia de la puerta se protegía la pierna izquierda, como si hubiera resultado herido.
El águila miró, inmóvil, oculta entre las ramas gruesas y retorcidas y bajo el paraguas de las hojas por encima del claro. No pasó mucho tiempo antes de que un tercer hombre apareciera saliendo del bosque. Desnudo, tenía un ancho pecho, con piernas cortas y fornidas y brazos muy musculosos. Llevaba a un segundo hombre sobre el hombro. La sangre le bajaba por el hombro y espalda, aunque era imposible decir si era del hombre inconsciente o de él. Se tambaleó un poco antes de alcanzar la puerta, pero el guardia no se movió para ayudarlo. En vez de eso, se apartó a un lado, levantó apenas el cañón de su arma, pero lo suficiente para cubrir a los recién llegados.
