Fue difícil no tratar de alcanzar el sueño. En compañía de ella, el dolor se aliviaba y el susurro en su cabeza cesaba. El constante murmullo, los parásitos trabajando para que aceptara a los maestros y su plan, era agotador. El sueño le daba consuelo a pesar de saber que su compañera no era real.

Sabía que había construido lentamente a su compañera en su mente, no su aspecto sino sus características, los rasgos que eran importantes para él. Necesitaba una mujer que fuera leal más allá de todo, una mujer que protegiera a sus hijos con fiereza, que estuviera con él sin importar lo que se les viniera encima, sabría que ella estaría a su lado y no tendría que preocuparse de que no pudiera protegerse a sí misma o a sus hijos.

Necesitaba una mujer, que, cuando sólo fueran ellos dos, siguiera su liderazgo, que sería femenina y frágil y todas esas cosas que no podría ser cuando tuviera que luchar. Y deseaba ese lado de ella completamente para él. Era egoísta, quizá, pero nunca había tenido nada para sí mismo y su mujer era sólo para él. No quería que otros hombres la vieran del modo en que él lo hacía. No quería que ella mirara a otros hombres. Ella era sólo para él y quizá eso fuera lo que significaba verdaderamente el sueño, la construcción de una mujer perfecta en la mente cuando sabías que nunca tendrías una.

Conocía muy bien las habilidades luchadoras de ella. Había visto las cicatrices de las batallas. La respetaba y admiraba cuando caminaba a su lado, pero en realidad no podía retener su imagen durante mucho tiempo. Venía a él como si en sueños estuviera protegida por un tupido velo, intercambios de imágenes más que de palabras. A cualquiera le costaba mucho tiempo revelar cualquier parte de sí mismos a otro guerrero. Habían construido la confianza entre ellos lentamente y a él le gustaba eso en ella. La mujer no entregaba su lealtad fácilmente, pero cuando lo hacía, la daba por completo. Y eso le gustaba.



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