
Cambió, tomando la forma del señor de los cielos, el águila hharpía. El pájaro era más grande de lo normal y las hharpías eran grandes aves. La envergadura de las alas era de unos buenos dos metros, las garras enormes. La forma ayudaría a protegerlo cuando entrara a la luz del sol antes de alcanzar el refugio relativo de la canopia. Se alzó desde el suelo a la luz del sol. A pesar del aguacero, la luz le quemó. El humo se elevó de las plumas oscuras, emanando incluso de la forma del pájaro. Había sufrido quemaduras y su cuerpo quedó destrozado por las cicatrices aunque éstas se habían aliviado con el tiempo, pero nunca olvidaría ese dolor. Estaba grabado en sus huesos.
Aspirando el aliento bruscamente, se forzó a levantar el vuelo y subir hacia esa masa horrorosa de ardiente calor. La lluvia crepitaba sobre él, escupiendo y siseando como un gato enojado cuando el gran pájaro despegó, batiendo las alas con fuerza para ganar altura y llevarle a los árboles. La luz casi lo cegó y dentro del águila se encogió lejos de los rayos, sin importar como se tamizaran con la lluvia. Pareció que cruzar los diez metros duraba una eternidad, aunque el pájaro estuvo en los árboles casi inmediatamente. Le llevó unos pocos momentos darse cuenta de que el sol ya no estaba directamente sobre sus plumas. El siseo y los escupidos cedieron una vez más al llamamiento de los pájaros y los monos, esta vez en aguda alarma.
