
Sarah quedó paralizada, como inmersa en una pesadilla, tratando de asimilar lo que veía: la luz mortecina de las lámparas, los muebles de colores llamativos, un loro que se movía de un lado a otro en una percha, graznando «¡Un dólar el minuto! ¡Un dólar el minuto!»; pesadas cortinas con borlas, el olor a whisky rancio y a huevos duros, el irritante humo de los cigarros, un grupo de hombres medio borrachos y una mujer desaliñada vestida de verde esmeralda con labios carmesí y una pluma en su pelo rojo. La hendidura entre sus pechos hacía que el conjunto recordara el trasero desnudo de un bebé. Era una mujer obesa, fumaba un cigarro que sostenía entre los dientes; estaba de pie y pasaba su brazo alrededor del cuello de un hombre grande y barbudo que le acariciaba las nalgas. Sarah miró a Noah Campbell.
– Tiene que haber una equivocación. Esto no es una casa particular.
– No, señorita, más bien no.
Ella le vio el rostro por primera vez. Tenía un tupido bigote castaño rojizo, nariz redonda con una ligera hendidura en la punta y ojos grises sonrientes que la escrutaban.
– Venga. Le presentaré a Rose.
Le apoyó una mano en la espalda y ella se resistió.
– ¡No! Ya le he dicho que mi hermana trabaja al servicio de la señora Rose Hossiter. ¡Y, por favor, quite su mano de mi espalda!
Él obedeció, luego retrocedió y la observó con indulgencia sin dejar de sonreír.
– Los nervios de última hora, ¿eh?
– Este lugar es espantoso. Parece un burdel.
Noah Campbell se volvió hacia la mujer de verde y luego hacia Sarah de nuevo.
– Te diré algo. -Su mirada se paseó de forma indolente por su figura-. Soy un tipo bastante convencional… Rose puede responder de mí. No me gusta andarme con rodeos, nada raro, y no más de dos o tres tragos antes de hacerlo. Pago bien, en oro puro, no estoy enfermo ni tengo piojos. Y, me he bañado. Puedes decirle a Rose que has conseguido tu primer cliente. ¿Qué te parece?
