
– ¿Cómo dice? -Sarah se ruborizó. Sentía la piel del pecho tensa como la que cubre una salchicha y tuvo que recurrir a todo su aplomo para no abofetearlo.
– Entiendo -manifestó él en tono confidencial, cogiéndola del brazo para llevarla hasta Rose-. Es lógico que la primera noche en un local nuevo te ponga nerviosa… pero no es necesario inventar historias acerca de que Adelaide es tu hermana.
– ¡Adelaide es mi hermana! -Se zafó del brazo de un tirón y lo miró con furia-. ¡Y ya le he dicho que no me toque!
Él levantó los brazos con las palmas de las manos abiertas, como si Sarah hubiera desenfundado un revólver.
– De acuerdo, de acuerdo, lo siento. -Su voz denotaba irritación-. Ah, las mujeres, siempre tan quisquillosas. No he conocido en toda mi vida una mujer que no lo fuera.
– ¡Yo no soy de esas mujeres! -replicó, mortificada.
Varios hombres se habían puesto en pie y se acercaron.
– ¡Eh, Noah! ¿qué tienes ahí?
– Guau, es alta… y de piernas largas… me gustan las que tienen las piernas largas.
– Ya era hora de que llegara carne fresca.
– ¿Cómo te llamas, monada?
Uno de ellos, que lucía una barba parecida a la de un macho cabrío, extendió una mano para tocarla y Sarah retrocedió, chocando contra Campbell, que la cogió por los brazos para sostenerla. Ella se apartó de inmediato y se estremeció, reprimiendo el deseo de agacharse y cubrirse con los brazos. Los hombres se aproximaron un poco más. La mayoría eran vulgares y de mirada ávida, labios húmedos y mejillas encarnadas; sus greñas necesitaban un buen corte de pelo, sus uñas una limpieza y sus cuellos ser frotados con agua y jabón. Casi todos eran viejos y descarados, pero había algunos jóvenes, y tan ruborizados como ella.
