Al percibir la repentina conmoción, Rose volvió la vista y enarcó una ceja.

– Eh, Noah, ¿dónde la has encontrado? -preguntó uno de los hombres.

– En la calle -respondió Noah-, pero olvídalo, Lewis, esta noche ya está comprometida.

Rose se acercó con una mano en su enorme cadera y los pechos tomándole la delantera como un par de balas de cañón rosadas. Su expresión era arrogante y llevaba el cigarro entre dos dedos. Se abrió paso entre el grupo como un arado lo hace en la tierra, se detuvo frente a Sarah y la observó con frialdad… de arriba abajo… con sus ojos altivos de color ceniza. Dió una larga calada al cigarro, tragó el humo y habló, soltando un denso humo que se elevaba hasta el techo al abandonar su boca.

– ¿Qué tienes ahí, Noah?

– ¿Es usted Rose Hossiter? -dijo Sarah visiblemente alterada.

De cerca, la piel de Rose tenía la textura del requesón y su boca estaba ridiculamente agrandada por el pintalabios. La sombra negra de sus párpados había llegado al lagrimal y formaba gotas negras. Uno de sus dientes estaba partido y su aliento apestaba a tabaco, aunque el olor se confundía con el del perfume a lilas del valle.

– Sí. ¿Quién lo pregunta?

– Sarah Merritt. Soy la hermana de Adelaide.

La mirada penetrante de Rose examinó el sencillo sombrero de fieltro marrón de Sarah y su conjunto de lana de cuello alto, deteniéndose en sus pechos y caderas poco prominentes.

– No necesito chicas nuevas. Prueba en el local de al lado.

– No estoy buscando trabajo. Estoy buscando a Adelaide Merritt.

– No hay nadie aquí con ese nombre. -Rose le dio la espalda. Sarah alzó la voz.

– Me han dicho que se hace llamar Eve.

El comentario hizo que Rose se detuviera en seco.

– ¿Ah sí? -La mujer se giró-. ¿Y quién te lo ha dicho?

– Él. -Respondió al tiempo que se giraba hacia Campbell.



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