Rose Hossiter dio un golpecito con la uña del pulgar a la boquilla húmeda del cigarro y reflexionó un momento antes de preguntar:

– ¿Para qué la buscas?

– He venido a decirle que nuestro padre ha muerto.

Rose dio una calada y giró sobre sus talones.

– Eve está trabajando. Vuelve mañana por la tarde.

Sarah se adelantó y gritó:

– ¡Quiero verla ahora!

Rose le proporcionó una visión de su ancho trasero y su vulgar tocado de plumas.

– Llévatela, Noah. Ya sabes que aquí no permitimos la entrada a las de su clase.

Campbell cogió a Sarah por el brazo.

– Será mejor que se marche, señorita.

Sarah le golpeó la mano con la bolsa de organdí.

– No vuelva a tocarme, ¿me oye? -exclamó con ojos llorosos de indignación-. Este es un local público, tan público como un restaurante o una caballeriza de carruajes de alquiler. Tengo tanto derecho a estar aquí como cualquiera de estos hombres. -Con un dedo, trazó un semicírculo imaginario que abarcaba a la mitad del grupo.

– Rose quiere que se vaya.

– Me iré cuando sepa con seguridad si mi hermana trabaja aquí y qué hace. ¿Espera que crea que una criada de servicio trabaja a estas horas de la noche? No soy tan ingenua, señor Campbell.

– Chica de servicio, no criada de servicio -aclaró él.

– ¿Hay alguna diferencia?

– En Deadwood sí. Vaya si la hay. Su hermana es una prostituta, señorita Merritt, pero por estos parajes se las llama chicas de servicio. Y a las de la clase de Rose -señaló con la cabeza a la mujer-, las llamamos patronas. Este extremo del pueblo se conoce con el nombre de «el páramo». Y ahora, ¿todavía quiere ver a su hermana?

– Sí -declaró Sarah con obstinación, al tiempo que se alejaba de Campbell para instalarse entre dos hombres malolientes sentados en un horrible sillón color remolacha con brazos de caoba tallada. Uno de ellos olía a sudor seco, el otro a sulfuro. Se sentó muy tiesa, cruzando las manos sobre el bolso de organdí. No era una mujer miedosa ni fácil de amedrentar, pero al pensar que en aquel momento su hermana estaba en una habitación del piso superior, probablemente con un hombre, se le hizo un nudo en la garganta. Los hombres que había a su lado comenzaron a apretarse contra sus muslos y su corazón empezó a latir con violencia.



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