El tipo de la izquierda sacó un paquete de tabaco para mascar y arrancó un trozo con los dientes. El de la derecha la miraba fijamente, mientras ella mantenía la vista puesta en el loro.

– ¡Un dólar el minuto! ¡Un dólar el minuto! -chillaba.

De pronto, Noah Campbell se interpuso en su campo de visión. Ella alzó la barbilla y apretó los labios. El hombre ni siquiera había tenido la cortesía de quitarse el sombrero y despojarse del revólver; llevaba el primero calado sobre los ojos y el segundo pegado a su cadera.

– Si no es una chica de servicio -le advirtió-, no sabe donde se ha metido. Como he sido yo quien la ha hecho entrar, Rose me ha pedido que la acompañe fuera. La decisión es suya, pero si no se va tendrá que vérselas con Flossie. -Señaló a una figura que avanzaba hacia ellos-. Y no creo que le guste.

Flossie, que se había plantado frente a ella en silencio, era una india marimacho de más de un metro ochenta de altura, con un rostro que parecía cortado de un tronco de secoya de diez hachazos, al que luego hubieran prendido fuego y apagado con botas de suelas con tachuelas. Sus ojos eran diminutos, negros e inexpresivos, su piel gruesa y granulada como la de una fresa, el pelo largo recogido en la nuca, y los brazos tatuados con un cañón de la Guerra de Secesión.

– Tú -dijo-. Levanta el trasero.

El miedo hizo que Sarah sintiera una punzada en el pecho. Tragó saliva y clavó la mirada en los ojos resueltos y pequeños de Flossie, temiendo apartarla.

– Mi padre ha muerto. No he visto a mi hermana en cinco años. Quiero hablar con ella, eso es todo.



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