
– Él es Sam Peoples -dijo Shorty. Peoples estaba demasiado turbado por la presencia femenina para presentarse él mismo.
– Hola, señor Peoples. -El rubor de aquel hombrecillo era tan intenso que, por un momento, olvidó retirar la mano. Cohibida, Sarah apartó la suya; no estaba acostumbrada a causar tal impresión.
– Va a editar un periódico.
– Un periódico… bueno, bueno. Entonces será mejor que la atendamos bien, ¿no es así? -Peoples esbozó una sonrisa forzada y nerviosa. Cargó la pluma sumergiéndola en un tintero negro y se la entregó a Sarah, al tiempo que giraba el libro de registro del hotel. Al firmar, Sarah sintió a todo el grupo de hombres observándola.
Cuando hubo terminado, sonrió a Peoples y le devolvió la pluma.
– Bienvenida al Grand Central -dijo él-. El precio es de un dólar y medio por noche.
– ¿Por adelantado?
– Sí. En polvo de oro, si es tan amable. -Le dio un leve empujón a la balanza de oro que tenía en el mostrador, junto a su codo, y la dejó oscilando.
Sarah se irguió y miró al empleado a la cara.
– Señor Peoples, he pasado cinco días y seis noches en la diligencia de Cheyenne. Habida cuenta de la cantidad de asaltos que se cometen en las rutas de las diligencias, ¿cree que soy tan estúpida como para traer dinero en forma de oro?
El rostro de Peoples enrojeció aún más y se volvió hacia los hombres como buscando ayuda.
– Lo… lo lamento, señorita Merritt. So… sólo soy el empleado nocturno, no el dueño del hotel. El re… reglamento de la empresa sólo permite aceptar huéspedes que paguen por adelantado y en polvo de oro, que es la forma de pago legal aquí.
– Muy bien. -Dejó la sombrerera sobre el mostrador y comenzó a desatar las cintas-. Todo lo que tengo son bonos de la Wells Fargo. Si puede cambiarme uno por oro en polvo, con gusto pagaré por adelantado. -Extrajo un bono de cien dólares de un bolsito de organdí negro y se lo tendió.
