Una vez más, Peoples se giró enrojecido hacia los hombres.

– No tengo aquí ese ti… tipo de oro. Pero podrá cam… cambiarlo en el banco mañana por la mañana.

– ¿Y mientras? -Sarah lo miró con determinación.

– ¿Vas a dejar que una dama duerma en la calle, Peoples? -inquirió uno de los espectadores.

– El señor Winters me… me dio órdenes estrictas. -Cuanto más se alteraba, más tartamudeaba-. Pu… puede dor… dormir en el ves… vestíbulo, es… es todo lo… lo que puedo ha… hacer.

– ¡En el vestíbulo! -Una bolsa de cuero aterrizó sobre el mostrador junto a la balanza-. Cógelo de ahí.

– O de ahí -gritó otra voz al tiempo que una segunda bolsa se unía a la primera. Más y más bolsas les siguieron, hasta que hubo casi una docena sobre el alto mostrador.

Sarah se volvió hacia los hombres con una mano sobre el pecho.

– Muchas gracias a todos -declaró con sinceridad-, pero no puedo aceptar su oro.

– ¿Por qué no? Hay mucho más en el lugar de donde viene éste, ¿verdad, muchachos?

– ¡Claro que sí!

– ¡El Dorado! -Exclamaron levantando los brazos. Algunos levantaron también las jarras de cerveza y luego bebieron a grandes tragos.

Sam Peoples escogió una bolsa y pesó el oro con cuidado… a veinte dólares la onza, provocar aquel embarazoso contratiempo por un simple dólar y medio no parecía justificado. Cuando las bolsas fueron reclamadas por sus propietarios, se descubrió que el oro utilizado provenía de la bolsa de un hombre alto y delgado, de cabello ralo y oscuro que sonreía con mirada vidriosa. Tenía una nuez prominente, ojos rojos y llorosos y se tambaleaba sobre sus talones como sacudido por un golpe de viento.



6 из 460