
– Gracias, ¿señor…?
El hombre se mecía y sonreía bajo los efectos del alcohol.
– Bradigan -intervino Reese-. Su nombre es Patrick Bradigan.
– Gracias, señor Bradigan.
Bradigan se inclinó hacia Sarah con la expresión de un chiquillo receloso; en su estado apenas distinguía lo que veía.
– Le devolveré el dinero mañana en cuanto vaya al banco.
El hombre respondió con un saludo despreocupado y alguien le metió la bolsa de oro en el bolsillo.
– ¿Dónde puedo encontrarle?
– Es lo menos que puedo hacer por una bella dama -balbuceó Bradigan.
– Bradigan ha bebido bastante esta noche -explicó uno de sus compañeros-. Ni se dará cuenta si le devuelve o no el dinero.
De no haber sido por las protestas de Peoples, los hombres habrían cargado con los baúles hasta la habitación.
– ¡Des… despertarán a todos mis clientes! Caballeros, por fa… favor, vuelvan al bar.
– ¡Tus clientes todavía están en las cantinas!
– Entonces vayan a reunirse con ellos.
Despachó a los hombres, que se marcharon arrastrando los pies, quitándose los sombreros y deseando buenas noches a coro a «la hermosa y pequeña dama», que Sarah no era. Medía metro sesenta y cinco sin zapatos, tenía el pelo castaño, la nariz demasiado larga y los labios demasiado delgados para que se la pudiera considerar atractiva. Sus ojos azules llamaban la atención, eran vivos y con largas pestañas; de todos modos, nadie en plena posesión de sus facultades la calificaría de hermosa.
Era una mujer de rostro alargado que en toda su vida no había generado tanta atención masculina como durante el último cuarto de hora.
– Le daré una habitación en el tercer piso. Es el más calentito -precisó en tono conciliador Peoples, transportando uno de los baúles.
La condujo por un edificio cuya característica más destacable era el tamaño. Era grande, aunque tosco en toda la extensión de la palabra, sin una sola pared revestida de yeso o empapelada, ni siquiera en el vestíbulo, donde las ventanas carecían de cortinas y los únicos toques de color los daban una escupidera de porcelana y el calendario con la imagen de una cascada que había detrás del mostrador.
