
Los ocho exploradores afortunados de aquel primer siglo establecieron unas rutas zigzagueantes, que las naves tripuladas por hombres que aparecieron más tarde procuraron seguir cuidadosamente. Ese es el otro aspecto del viaje por el no-espacio que le preocupa a uno mientras espera que actúen los relés. Aunque era una deducción lógica de la ausencia de reciprocidad en el no-espacio, unos cuantos pioneros descubrieron a su costa que saltar desde un punto cercano a A no nos llevará a un punto correspondiente cercano a B. Apartarse dos segundos-luz del punto establecido para el salto, el llamado portal, equivale a iniciar un peregrinaje al azar hacia el lado más remoto de la eternidad.
Por eso, durante los lentos segundos finales en los que uno flota en su celda-G y respira el aire con olor a caucho, reza y suda.
Por eso también, el planeta Emm Lutero, anteriormente una colonia de la Tierra y ahora autónomo, conservaba celosamente cuatro grupos de números encerrados en el cerebro de Sam Tallon. Emm Lutero tenía un solo continente, y su acuciante necesidad de nuevo espacio vital igualaba al de la propia Tierra. Y en un increíble golpe de suerte, un explorador había descubierto un planeta verde a sólo cuatrocientos portales de distancia a la ida y a menos de dos mil a la vuelta.
Lo único que se necesitaba ahora era tiempo para afincarse allí sólidamente antes de que las grandes naves —la invencible esperma de la incesante automultiplicación de la Tierra— pudieran penetrar en el nuevo y feraz útero.
III
