
Cherkassky se situó detrás de la silla que sostenía la caja gris, agachándose un poco para efectuar algunos ajustes en los nonios. Observó atentamente las diversas esferas y alzó la mirada hacia el rostro de Tallon.
—¿Sabía usted, Tallon, que su resistencia basal es anormalmente baja? Tal vez suda demasiado; eso disminuye siempre la resistencia de la piel. Normalmente, no es usted una persona inclinada a sudar, ¿verdad? —Cherkassky frunció la nariz en un gesto de desagrado, y el sargento dejó oír una risita burlona.
Tallon proyectó su mirada más allá de Cherkassky, hacia la ventana. La habitación se había llenado de una especie de vaho mientras estuvo atestada, y las escasas luces de la ciudad que eran visibles parecían bolas de algodón iluminado. Anheló encontrarse en el exterior, respirando el cortante aire bajo el cielo estrellado. A Myra le había gustado pasear en noches muy frías.
—El señor Tallon no quiere que perdamos más tiempo —dijo Cherkassky en tono severo—. Tiene razón, desde luego. Vayamos al asunto. En primer lugar, Tallon, convengamos en que no hay ningún malentendido por ninguna de las partes. Se encuentra usted en esta situación porque forma parte de una red de espionaje que por pura casualidad obtuvo detalles de las coordenadas del portal y la impulsión y puntos de salto del planeta Aitch Mühlenburg, una adquisición territorial del venerado gobierno de Emm Lutero. La información le fue transmitida a usted, y usted la ha fijado en su memoria. ¿Correcto?
Tallon asintió dócilmente, preguntándose si el lavacerebros sería tan desagradable como la cápsula.
