Cherkassky conectó el control remoto y apoyó su pulgar sobre el botón rojo. Tallon tuvo la impresión de que el instrumento que estaban utili­zando era un modelo estándar, el mismo modelo utilizado por los psiquiatras de menos categoría. Empezó a preguntarse hasta qué punto no era “oficial” el tratamiento a que le sometían. En Emm Lutero, con su único continente regido por un único gobierno mundial, no había existido nunca la necesidad de desarrollar las enormes y altamente organizadas redes de espionaje y contraespionaje que todavía proliferaban en la Tierra. Por tal motivo, los tres dirigentes de la red luterana go­zaban de una libertad casi absoluta, aunque eran responsables ante el Moderador Temporal, el equivalente a un presidente del planeta. La cuestión era hasta qué punto le estaba permiti­do a Cherkassky actuar según sus propias iniciativas.

—De acuerdo, entonces —dijo Cherkassky—. Queremos que concentre sus pensamientos en la información. Procure ser concreto. Y no trate de engañarnos pensando en otras cosas; le estaremos controlando. Levantaré mi mano cuando vaya a borrar, lo cual será alrededor de cinco segundos a partir de este momento.

Tallon se dispuso a ordenar los grupos de cifras, sintiéndose súbitamente invadido por un miedo terrible a perder su propio nombre. La mano de Cherkassky realizó un movimiento preli­minar, y Tallon luchó contra su pánico mientras las cifras se negaban a fluir adecuadamente, a pesar de su memoria adiestrada en el Bloque. Luego… nada. Los números que habrían dado a la Tierra todo un mundo nuevo habían desaparecido. No se había producido ningún dolor, ningún sonido, ninguna sensación de ninguna clase, pero el fragmento vital del conoci­miento ya no era suyo. A medida que la expectación del dolor se desvanecía, Tallon empezó a relajarse.

—No ha sido tan terrible, ¿verdad? —Cherkassky se pasó una mano por la espesa cabellera que parecía medrar como un parásito a costa de su pequeño y frágil cuerpo—. Completa­mente indoloro, diría yo.



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