
Cherkassky se apartó de Tallon, con la boca violentamente contraída y el pulgar apoyado en el botón. Esto puede continuar durante toda la noche, pensó Tallon. Y mañana por la mañana estaré como muerto, porque Sam Tallon es la suma de todas las experiencias que recuerda, y Cherkassky va a reducirlas a nada.
—Adelante, Loric —dijo el sargento—. Déle otro toquecito. Siga con él.
—Lo haré, sargento, lo haré; pero hay que proceder sistemáticamente.
Cherkassky había retrocedido hasta casi la ventana, extendiendo el cable de control hasta su límite. La calle, recordó Tallon, se encontraba siete pisos más abajo. No muy lejos, pero si suficientemente lejos.
Saltó hacia delante, percibiendo claramente con sus sentidos súbitamente aguzados el ruido de la silla al caer, el satisfactorio impacto de su cabeza en el rostro de Cherkassky, el furioso zumbido de la pistola-avispa, el astillamiento de la ventana al ceder… y luego Cherkassky y él volaban por el aire frió y negro, con las luces de la calle floreciendo debajo.
El cuerpo de Cherkassky se puso rígido en los brazos de Tallon, y gritó mientras caían. Tallon luchó por asumir una postura vertical, pero la gravedad mucho más elevada de Emm Lutero le concedía muy poco tiempo. Quiso librarse de Cherkassky, pero los brazos de Cherkassky rodeaban el pecho de Tallon como flejes de acero. Gimiendo de pánico, Tallon se retorció hasta que sus piernas estuvieron debajo de él. Los zapatos de tracción, puestos en marcha automáticamente por la proximidad del suelo, reaccionaron violentamente. Mientras sus rodillas se doblaban bajo la desaceleración, Tallon notó que Cherkassky se soltaba, y el hombrecillo siguió cayendo, agitándose como un pez prendido en un anzuelo. Tallon oyó el impacto de su cuerpo sobre la calzada.
