Aterrizó sobre el asfalto al lado del encogido cuerpo de Cherkassky, con la tracción de las suelas antigrav aumentan­do por cuadrados inversos hasta el momento del contacto. Cherkassky vivía aún; aquella parte del plan había fracasado. Pero al menos Tallon se encontraba de nuevo al aire libre. Se giró para echar a correr, y descubrió que de su cabeza seguían colgando los terminales del lavacerebros.

Mientras los arrancaba, observó el movimiento de unifor­mes grises en los umbrales del centro comercial al otro lado de la calle vacía. Unos silbatos dejaron oír su estridente sonido a ambos extremos de la manzana. Una fracción de segundo más tarde oyó las pistolas-avispa en acción, y una nube de dardos cayó sobre él, con un rápido ti-toctoc a medida que cosían sus ropas a su cuerpo.

Tallon se tambaleó y se desplomó, indefenso.

Yació sobre su espalda, paralizado, y encontró un momento de extraña paz. Los agentes de la P.S.E.L. seguían disparando celosamente sus pistolas-avispa pero, al estar tendido, Tallon era un mal blanco para sus enjambres horizontales de dardos, que no le alcanzaban. Las estrellas, incluso en sus constelaciones desconocidas, eran agradables a la vista. Allí había otros hombres que, suponiendo que tuvieran el valor suficiente para soportar la casual pauta galáctica de tránsitos-parpadeo que adelgazaban sus almas a través del universo, eran libres para viajar. Sam Tallon no podría ya tomar parte en aquel terrible tráfico, pero nunca sería del todo un prisionero mientras pu­diera contemplar los cielos nocturnos.

Las pistolas-avispa cesaron bruscamente de disparar. Tallon tendió el oído esperando escuchar el rumor de pasos pre­cipitados, pero en vez de eso oyó un movimiento inesperada­mente próximo.

Una figura apareció en su campo visual e, increíblemente, era Cherkassky. Su rostro era una máscara vudú de piel deso­llada y sangre, y uno de sus brazos colgaba inerte de su costa­do. Extendió hacia delante su mano sana, y Tallon vio que empuñaba una pistola-avispa.



19 из 196