—Ningún hombre —susurró Cherkassky—, ningún hombre se ha atrevido nunca…

Disparó la pistola a quemarropa.

Las pistolas-avispa estaban consideradas como un arma humanitaria, y habitualmente no producían lesiones perma­nentes, pero Cherkassky era un profesional. Tallon, completa­mente inmovilizado por las drogas, ni siquiera pudo parpadear mientras los dardos se clavaban en sus ojos, robándole parasiempre la luz, la belleza y las estrellas.

IV

Para Tallon no existía ningún dolor; el dolor sólo llegaría cuando la droga paralizante empezara a ser absorbida por su metabolismo. Al principio ni siquiera estaba seguro de lo que había ocurrido, ya que la oscuridad no llegó de golpe, sino que su distorsionante visión de Cherkassky y del oscilante cañón de la pistola fue reemplazada por un universo incoherente de luz: pautas geométricas de color en movimiento, formas de pinos amatista y rosa.

Pero no era posible escapar a los procesos de la lógica. Una pistola-avispa disparada desde una distancia de treinta centí­metros…

¡Mis ojos tienen que haber desaparecido!

Tallon tuvo tiempo para un momento de angustia; luego, toda su consciencia se contrajo para concentrarse en un nuevo fenómeno: no podía respirar. Con todas las sensaciones físicas bloqueadas por la droga, no podía averiguar por qué se había interrumpido su respiración; pero no resultaba demasiado difí­cil suponerlo. El cegarle había sido únicamente el primer paso; ahora Cherkassky se disponía a terminar el trabajo. Tallon descubrió que no estaba muy asustado, considerando lo que estaba ocurriendo, quizá porque la antigua reacción de pánico —el impulso hacia abajo, en busca de aire, del diafragma— es­taba bloqueada por su parálisis. Si hubiera pisoteado la cabe­za de Cherkassky cuando tuvo ocasión de hacerlo…



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