Presa de pánico, frotándose el labio superior con el dorso de la mano, Tallon volvió a entrar en su cuarto y abrió ligera­mente la ventana. El desigual murmullo del tráfico de la ciu­dad penetró en la habitación con el aire frío; sin embargo, nada se movía en la calle inmediatamente debajo. ¿Por qué se habrían tomado todas aquellas molestias? Tallon frunció el ceño, pensando, y luego se dio cuenta de que se estaba enga­ñando a sí mismo simulando una duda. Para apoderarse de lo que tenía en su mente, precintarían la ciudad, el continente, todo el planeta de Emm Lutero.

Me está ocurriendo a mí, pensó, pero una oleada de irrita­ción sumergió su miedo. ¿Por qué todo el mundo tenía que atenerse tan estrictamente a las normas? ¿Por qué, si alguien del bando de uno cometía un error, alguien del bando contra­rio le hacia pagar siempre a uno las consecuencias? ¿No iban a hacer una excepción, ni siquiera para Sam Tallon, el centro del universo?

Moviéndose con una rapidez súbitamente febril, cerró la puerta y sacó su maleta del armario. Había algo que tenía que haber hecho antes, y su frente se frunció al pensar en el riesgo que había corrido al demorarse tanto. Sacó de la maleta su an­ticuado transistor, extrajo la batería, y se acercó al espejo. La­deando ligeramente la cabeza, Tallon separó los cabellos de su sien izquierda y manipuló a través de ellos hasta que hubo ais­lado dos plateados alambres. Levantó la batería hasta su frente y, tras una leve vacilación, conectó los brillantes alambres a sus terminales.

Con los ojos opacos de dolor, meciéndose ligeramente sobre sus pies, Tallon recitó lenta y claramente la información Tardó sólo unos segundos en enumerar los cuatro grupos de dígitos. Cuando hubo terminado giró la batería y, con una vacilación más prolongada, estableció de nuevo la conexión Esta vez el dolor fue realmente intenso cuando la cápsula del tamaño de un guisante implantada en su cerebro se cerró de golpe, aprisionando un fragmento de tejido vivo.



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