
Resonaron pasos acercándose, luego voces: —¡Cabo! Lleve al señor Cherkassky al automóvil. Parece que está gravemente herido.
—A la orden, sargento.
La segunda voz fue seguida por el sonido de botas arrastrándose sobre el asfalto, y súbitamente Tallon tragó aire. Seguramente, Cherkassky había perdido el conocimiento y había caído encima de su rostro. Tallon aceptó el aire con gratitud; luego oyó de nuevo voces.
—¡Sargento! Mire los ojos del terrestre. ¿Puede hacer eso una pistola-avispa?
—¿Quieres que te lo demuestre? Lleva al señor Cherkassky al automóvil y luego echa al terrestre al remolque.
Unos vagos cambios en su sentido del equilibrio revelaron a Tallon que las órdenes estaban siendo cumplimentadas. Resonaron silbatos; las turbinas de los vehículos empezaron a girar ruidosamente. Transcurrió un espacio de tiempo indeterminado; entonces, Tallon empezó a sentir dolor…
Habían pasado menos de veinticuatro horas, pero Tallon creía ya que podía notar el aguzamiento de los otros sentidos que acompaña a la pérdida de la vista.
En el cuartel general de la policía de New Wittenburg alguien había pinchado su cuello con una aguja hipodérmica, y había recobrado el conocimiento con la consoladora sensación de unos vendajes a través de su rostro. Le habían dado a beber algo caliente y le habían escoltado hasta una cama —todo ello en el más absoluto de los silencios— y, milagrosamente, había dormido. Mientras estaba durmiendo alguien le había quitado los zapatos, reemplazándolos con unas botas de suela delgada varios números demasiado grandes para él.
Ahora estaba siendo transportado en otro vehículo, acompañado por tres o cuatro funcionarios anónimos de la P.S.E.L., que se comunicaban con él por medio de ocasionales empujones y codazos. Tallon estaba demasiado débil para intentar arrancarles alguna palabra. Y su mente era incapaz de pensar en nada que no fuera el hecho de que estaba ciego.
