
Volvió a colocar la batería en la radio, encontró de nuevo los pelos metálicos y los arrancó de su cuero cabelludo. Tallon sonrió, satisfecho. Había resultado más fácil de lo que imaginaba. Los luteranos solían evitar el matar a la gente, en parte porque esa era la doctrina oficial del gobierno planetario, pero principalmente porque su conocimiento de las técnicas hipnóticas había progresado lo suficiente como para hacerlo innecesario. Si le capturaban, lo primero que harían sería someterle a un lavado de cerebro para borrar todo lo que había averiguado. Pero ahora resultaría inútil. Incluso suponiendo que le mataran, el Bloque encontraría a un pariente apesadumbrado para solicitar la devolución de su cadáver a la Tierra, y la diminuta cápsula implantada en su cerebro seguiría estando viva en su capullo maravillosamente diseñado. El Bloque podría ex traer lo que necesitaba saber.
Tallon se preguntó si, a pesar de todas las seguridades, un diminuto y asustado fantasma de su propia personalidad permanecería en aquella pequeña celda oscura… vivo y gritando cuando los electrodos empezaran a tantear a ciegas. Me estoy dejando ganar por el pesimismo, pensó. Debía ser una enfermedad profesional. ¿Quién dice que voy a morir?
Sacó la superplana y ultrarrápida automática de su bolsillo y la sopeso en su mano. El Bloque esperaría que la utilizara, a pesar de que la Tierra y Emm Lutero no estaban oficialmente en guerra. Cuando habían implantado la cápsula en su cerebro, en el acuerdo había figurado una cláusula tácita, de la que nadie había hablado. Con la información a buen recaudo, conservada con independencia de su propia vida, el Bloque prefería que Tallon muriese y fuese devuelto a la Tierra a que le encerrasen en una prisión a prueba de fugas.
