Chupó profundamente su cigarrillo, casi permitiendo que el humo escapara de su boca, y luego lo absorbió hasta sus pul­mones. El exceso le mareó ligeramente. Se tumbó en la cama boca abajo, apoyándose sobre sus codos, y trató de calibrar objetivamente sus probabilidades.

Con todo su equipo hubieran existido seis posibles vías de escape de aquella habitación —la puerta y la ventana, las otras dos paredes, el suelo y el techo—, pero, gracias a McNulty, se había visto obligado a viajar con las manos prácticamente va­cías. Sin embargo, la P.S.E.L. ignoraba eso, y por ello se ha­bían tomado la molestia de rodearle. Tallon sospechaba que en aquel momento estaban cubriendo la calle, el pasillo y las habitaciones de encima y de ambos lados de la suya.

Aparte de la inútil automática, no tenía más que un par de zapatos de tracción en un estado sumamente dudoso. Supo­niendo que los otros estuvieran realmente allí y no fuera todo producto de sus nervios, la situación era casi desesperada. La única salida que le quedaba era, como se había propuesto inicialmente, andar con toda la tranquilidad posible hacia el res­taurante. Una ventana al final del pasillo daba a una calle dis­tinta. Si lograba alcanzarla, podía haber una leve posibilidad…

Pero esta vez la puerta que daba al pasillo se negó a abrirse.

Tallon hizo girar el pomo violentamente y tiró con todas sus fuerzas; luego recordó que el Bloque le había advertido que debía reposar unas cuantas horas después de haber cerrado la cápsula en su cerebro, o al menos no abusar del ejercicio físi­co. Retrocedió, pues, alejándose de la puerta, casi esperando que se abriera de golpe de un momento a otro. Estaba atrapa­do. La única cuestión que seguía en el aire era cual de las tres redes ejecutivas de la P.S.E.L. estaba a cargo de la operación. La proscripción de las “liquidaciones” directas, impuesta por la rígida semiteocracia que prevalecía en Emm Lutero, les había conducido a desarrollar métodos idiosincráticos de ma­nejar a los prisioneros políticamente peligrosos. El cardex en la memoria de Tallon parpadeó espontáneamente, revelando los nombres y un resumen de lo que era probable que le ocu­rriera “accidentalmente mientras se resistía a ser detenido”.



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