Si la nave lleva un buen equipo de astrogación, puede pene­trar en el portal a toda marcha; pero si las computadoras que la controlan tienen alguna duda acerca de su emplazamiento exacto, pueden pasar días enteros reduciendo velocidad y ma­niobrando para situarse en posición. Ellas saben —y uno, su­dando en su celda G, también lo sabe— que si la nave no se en­cuentra a salvo dentro del portal cuando tiene lugar el salto, sus pasajeros no volverán a respirar el aire suave y compacto de la Tierra. La geometría heterodoxa del no-espacio se encar­gará de eso.

Mientras uno espera, con la garganta seca y la frente hela­da, reza por que un desdichado azar no le proyecte a incontables años-luz de distancia del hogar. Pero esto forma parte de la emoción humana en una tarea.

El no-espacio es incomprensible, pero no irracional. Supo­niendo que todos los órganos de cristal y de metal en las entra­ñas de la nave funcionen correctamente, podrían realizarse un millón de saltos desde A hasta B a través del no-espacio sin el menor tropiezo. Las dificultades surgen debido a que el no-espacio no es reciproco. Habiendo alcanzado B, el mismo salto en dirección contraria no nos devolverá a A; de hecho, nos llevará a cualquier punto fortuito del universo excepto A. Una vez ha ocurrido eso, lo único que se puede hacer es seguir dando saltos y más saltos al azar. Con la suficiente perseve­rancia y muchísima suerte, es posible situarse al alcance de un mundo habitable, aunque las probabilidades en contra son muy elevadas.

En el primer siglo de exploración interestelar, sólo la Tierra envió alrededor de cuarenta millones de exploradores-robot, de los cuales únicamente doscientos lograron regresar. De aquellos doscientos, exactamente ocho habían encontrado sis­temas planetarios utilizables. Ni una sola del puñado de naves tripuladas por hombres que saltaron accidentalmente fuera de un sistema volvió a ser vista… al menos en la Tierra. Es po­sible que algunas de ellas sigan marchando, transportando a los descendientes de sus tripulaciones originales, Holandeses Errantes cósmicos entrevistos únicamente por remotas estre­llas mientras su destino de tránsitos-parpadeo les lleva gra­dualmente más allá del alcance del pensamiento humano.



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