
En seguida experimentó un gran alivio. Los leucocitos dejaron de molestarlo y desde ese momento pudo transitar a salvo a través de los vasos sanguíneos de mayor tamaño; eran verdaderas avenidas por las cuales sus infatigables seudópodos se deslizaban, explorándolo todo.
¡No hagas nada que pueda dañar a tu compañero!
Tenía tanta necesidad de ingerir alimento como de oxígeno. Con gusto hubiera saboreado cualquiera de los distintos tejidos que lo rodeaban, pero la ley de su especie lo detuvo: era necesario seleccionar.
En el cuerpo del muchacho existían algunos organismos extraños; éstos debían constituir la principal fuente de alimentación para el Cazador, ya que al ingerirlos eliminaría una amenaza latente para la salud de su anfitrión y le pagaría, en cierto modo, su manutención. Era fácil identificarlos; cualquier cosa que un leucocito atacara podría ser presa legítima para el Cazador. Probablemente, los microbios locales alcanzarían para alimentarlo durante un tiempo muy corto —no obstante sus reducidas necesidades— y más adelante tendría, quizá, que taladrar el tubo digestivo. Pero eso no causaría ningún daño a Roberto; a lo sumo, sentiría un ligero aumento de apetito.
