Un camino lateral más pequeño, bordeado de amplios y cuidados jardines, conducía hacia una suave ladera; en la cima de la misma se apreciaba un gran edificio, o un grupo de edificios… El Cazador no podía precisarlo. Roberto tomó sus valijas y se dirigió hacia allí. El extranjero comenzó a pensar que el viaje había terminado. Ya se hallaba a gran distancia de su presa.

Para el joven, el regreso al colegio, la instalación en una nueva pieza, el encuentro con sus viejos conocidos, eran acontecimientos naturales; para el Cazador, cada actividad, cada cosa que veía y oía, constituía una novedad interesante.

No tenía intenciones, todavía, de realizar un estudio detallado de la raza humana, pero empezaba a oír una voz interior que le anunciaba que su trabajo no sería tan rutinario como se había imaginado y que debería echar mano a todos los conocimientos que pudiera obtener sobre la Tierra. Aún no lo sabía, pero acababa de llegar al lugar más indicado para la absorción de conocimientos.

Miraba y escuchaba febrilmente mientras Bob vaciaba las valijas en su habitación, y luego, cuando recorría el edificio en busca de sus antiguos compañeros. Varias veces trató de conectar las palabras que oía con su posible significado; pero le resultaba muy difícil, ya que casi todas las conversaciones versaban sobre las vacaciones pasadas y los objetos a que se referían se hallaban distantes. Sin embargo se enteró de los nombres de alguno entre otros, el de su anfitrión.

Después de una hora o dos, decidió que lo mejor sería dedicar toda su atención al problema del lenguaje. Por el momento, nada podía hacer en lo concerniente a su misión; en cambio, si pudiera entender lo que hablaban le sería posible enterarse cuándo volvería Roberto al lugar donde lo encontró por primera vez. Antes de que ello sucediera, el Cazador se hallaría fuera de juego; no podría hacer absolutamente nada para ubicar y eliminar a su presa.



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