Una vez que se convenció de esto, dedicó las horas en que Roberto dormía a organizar las pocas palabras que había aprendido, de deducir algunas reglas gramaticales y una campaña definida para aprender mucho más en el menor tiempo posible. Puede parecer extraño que un ser incapaz de controlar sus propios desplazamientos pudiera soñar en planes… pero no olvidemos la extraordinaria amplitud de su visión lateral.

Todo hubiera resultado incomparablemente más simple si sólo fuera capaz de fiscalizar los movimientos de su anfitrión, o interpretar e influir las múltiples reacciones que se cumplían en su sistema nervioso. Por supuesto, controlaba al perit, pero no de una manera directa: la pequeña criatura había sido entrenada para responder a estímulos mecánicos aplicados directamente sobre sus músculos así como se enseña a un caballo a responder a una presión de las riendas. Los congéneres del Cazador usaban perits para ejecutar actividades delicadas o inadecuadas para sus propios cuerpos semilíquidos algunas veces, los anfitriones inteligentes, que casi siempre se unían a seres como el Cazador, no podían penetrar en vehículos tan diminutos como el que llevó a éste a la Tierra; entonces debían recurrir también a los perits.

Desgraciadamente, Roberto Kinnaird no era un perit y no podía ser tratado como tal. Por el momento, no había esperanzas de poder influir en sus acciones y, en el futuro, habría que apelar a la razón del muchacho y no usar la fuerza. Entonces, el Cazador se encontraba en la misma situación de un espectador de cine que quiere cambiar el argumento de la película que está viendo.

Las clases comenzaron al día siguiente. El sentido de las mismas era accesible al alumno aunque los temas, en particular, resultaran generalmente oscuros. Roberto tomaba cursos de Inglés. Física, Latín y Francés, entre otros. De estas cuatro materias, la Física resultó la más útil en el aprendizaje del idioma inglés para el Cazador. Es fácil comprenderlo.



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