Asombrosamente, Percy sonrió y por primera vez en los ocho meses desde que Caroline había ido a vivir con el sucesor más joven de los Prewitt, ella experimentó una sensación de afinidad por este muchacho que era prácticamente de su edad.

– ¿Dónde iras? preguntó él.

– Es mejor que no lo sepas. De esta forma tu padre no podrá fastidiarte para que se lo cuentes.

– Bien pensado.

– Además, no tengo ni idea. No tengo parientes, ya sabes. Por eso vine aquí con vosotros. Pero después de diez años de defenderme a mí misma contra mis “maravillosos” tutores, debería creer que puedo manejarme en el mundo durante seis semanas.

– Si alguna mujer puede hacerlo, esa eres tú.

Caroline elevó sus cejas.

– Percy, ¿Porqué? ¿Era un piropo? Me dejas pasmada.

– No era ni lo más parecido a un piropo. ¿Que clase de hombre querría a una mujer que puede arreglárselas sin él?

– De lo que podría prescindir es de su padre – replicó Caroline.


Percy frunció el ceño cuando giró la cabeza hacia su escritorio. – Abre el cajón de arriba, no, el primero de la derecha…

– Percy, estos son tus calzoncillos! – exclamó Caroline cerrando de golpe el cajón con repugnancia.

– ¿Tu quieres que te preste dinero o no? Ahí es donde lo escondo.

– Claro, lo guardas ahí porque nadie querría mirar en ese sitio – murmuró ella – quizás si te lavaras más a menudo…

– Dios! – gritó él violentamente – estoy deseando que te vayas. Tú, Caroline Trent, eres la mismísima hija del demonio, una plaga, la peste, eres…

– Oh… cierra la boca! – volviendo a abrir el cajón de golpe, disgustada con sus palabras hirientes. A ella le disgustaba tanto Percy como a él le disgustaba ella, pero quién disfrutaría siendo comparado con langostas, mosquitos, ranas, la peste, y ríos manando sangre…

– ¿Dónde está el dinero? – exigió ella.

– En mi calcetín, no… el negro… no, ese negro no… si, encima, cerca de… sí, ese es.



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