
Caroline encontró el calcetín en cuestión y sacó algunos billetes y monedas.
– Dios mío, Percy, aquí debes tener unas cien libras ¿Donde conseguiste tanto?
– He estado ahorrando durante un poco tiempo y le siso a mi padre una o dos monedas al mes de su escritorio. Siempre que no tome mucho, el no se entera. Caroline encontró esto difícil de creer. Oliver Prewitt estaba tan obsesionado con el dinero que ella se preguntaba como era posible que su piel no tuviera el color de los billetes de libra.
– Puedes coger la mitad – dijo Percy.
– ¿Solo la mitad? No seas estúpido Percy, tengo que esconderme durante seis semanas, puede que tenga gastos inesperados.
– Yo puedo tener gastos inesperados.
– Tu tienes un techo sobre tu cabeza! – gritó ella violentamente.
– Puede que no, en cuanto mi padre descubra que te dejé marchar.
Caroline tuvo que darle la razón, Oliver Prewitt no iba a ser muy amable con su único hijo. Ella se deshizo de la mitad del dinero y lo volvió a meter en el calcetín.
– Muy bien – dijo, metiendo apresuradamente su parte en el bolsillo – ¿Tienes tu herida bajo control?
– No serás acusada por asesinato, si es eso lo que te preocupa.
– Es difícil que me creas, Percy, pero no quiero que mueras; no quiero casarme contigo y seguramente no lamentaré no haber puesto nunca mis ojos en ti, pero no quiero que mueras.
Percy la miró extrañamente, y por un momento Caroline pensó que en ese momento él iba a decirle algo agradable (o al menos tan agradable como lo que ella le había dicho) en respuesta, pero él sólo soltó un bufido.
– Tienes razón, es difícil de creer para mí.
En ese momento, Caroline decidió prescindir de cualquier sentimentalismo que pudiera sentir y salió con paso decidido hasta la puerta. Con la mano en el tirador dijo
– Te veré dentro de seis semanas, cuando venga a recoger mi herencia.
