– Se hará tu voluntad, mi querido Tom.

Rosamund estaba concentrada en la carta que escribiría a su hija para consolarla y aconsejarla. No sabía qué tono adoptar: no quería mostrarse severa ni demasiado sentimental, ambas actitudes le parecían contraproducentes. No sería nada fácil redactar esa carta.

Algunos días más tarde, cuando Philippa Meredith recibió la misiva de su madre, no se conmovió en lo más mínimo, ni tampoco se sintió reconfortada por sus palabras. En un arranque de indignación, arrojó el pergamino a un lado.

– ¡Friarsgate! ¡Siempre la misma historia de Friarsgate! -gritó irritada.

– ¿Qué dice tu madre? -preguntó Cecily FitzHugh con temor.

– Me aconseja algo ridículo. Dice que la desilusión es parte de la vida y que debo aprender a aceptarla. Que el convento no es la solución para mis problemas. Dime, ¿cuándo dije yo semejante cosa, Cecily? No soy el tipo de mujer que toma los hábitos.

– Pero hace unas semanas decías que querías ser monja -respondió Cecily-. Incluso mencionaste a unas tías religiosas. Por supuesto que a todos nos pareció una idea ridícula.

– ¡Ah! Así que todo el mundo se ha estado riendo a mis espaldas. ¡Y yo que te consideraba mi mejor amiga!

– ¡Soy tu mejor amiga! Aunque últimamente has estado muy melodramática. ¿Qué más dice tu madre que te ha enfurecido tanto?

– Que me encontrará otro marido. Uno que me aprecie y me ayude con su sensatez a ser la dama de Friarsgate. ¡Dios mío! Yo no quiero ocuparme de Friarsgate, Cecily. No quiero volver a vivir en Cumbria nunca más. Deseo quedarme en la corte para siempre. Aquí está el centro del universo. Moriría si me obligaran a regresar. ¡Yo no soy mi madre! -exclamó con dramatismo-. ¿Recuerdas nuestra primera Navidad como damas de honor?

– Claro que sí. La Llamaron la Navidad de las Tres Reinas en honor a Catalina, Margarita y su hermana, María. Hacía años que no se encontraban las tres juntas, fue maravilloso. Cada día había un festejo diferente.



12 из 305