– El cardenal Wolsey tuvo que darle a la reina Margarita doscientas libras para que pudiera comprar sus regalos de Año Nuevo. La pobre quedó casi en la ruina cuando debió huir de Escocia luego de que los lores desacataron el testamento del rey Jacobo y nombraron a Juan Estuardo, duque de Albany, como tutor del niño rey. Margarita no debió volver a casarse, y menos con el conde de Angus.

– Pero estaba enamorada -suspiró Cecily-, además él es muy apuesto.

– Ella lo deseaba con locura -repuso Philippa-. Era la heredera de la fortuna del rey, y resignó todo su poder y su autoridad solo para ser poseída por un hombre más joven. El resto de los condes y lores no querían que los Douglas gobernaran Escocia. Es por eso que eligieron un nuevo regente.

– Pero Juan Estuardo nació en Francia. Creo que nunca pisó suelo escocés antes de asumir la regencia. Y también es el heredero del pequeño rey, así que comprendo perfectamente por qué la reina Margarita estaba tan asustada.

– Sin embargo, tiene fama de ser un hombre íntegro y leal.

– ¡La Noche de Reyes! -evocó Cecily cambiando de tema-. ¿Te acuerdas de aquella primera Noche de Reyes? ¿No fue maravillosa? -Los gratos recuerdos la sumieron en una plácida ensoñación.

– ¡Quién podría olvidarla! El espectáculo se llamaba El jardín de la esperanza y montaron un enorme jardín artificial donde hubo bailes y desfiles de carruajes. Recuerdo cómo la princesita María aplaudía de felicidad.

– ¡Qué triste que no haya más príncipes y princesas! Pese a la fidelidad de nuestra reina, a sus infinitas peregrinaciones a Nuestra Señora de Walsingham y a sus obras de caridad, no logra tener hijos.

– Ya es demasiado vieja -replicó Philippa en voz baja-. La he visto envejecer en los tres años que llevo aquí. Cada día se vuelve más religiosa y se retira más temprano de las fiestas de la corte. Los ojos del rey empezaron a posarse en otras mujeres. ¿No lo has notado?



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