
Ella siempre pasaba después de medianoche y sólo el eco de sus pesados pasos y la luz de la farola que la iluminaba por un momento delataban su presencia. Nadie cruzaba por ahí a pie a esas horas y Boris adivinaba que ella no quería que la vieran, por lo que se esforzaba en pasar desapercibido y minimizar su presencia, de manera que si ella no lo sorprendía en la puerta, procuraba permanecer dentro del cuarto aunque mirando a la ventana.
Tres años llevaba Boris siguiendo los diferentes matices del cielo; también apuntaba en un cuadernito los cambios de tiempo, las fases de la luna, la distinta presencia de las estrellas, y seguía el curso del brotar y de la floración de las plantas y se entregaba con verdadero ardor a la gama de sonidos y ruidos que también describía en el cuaderno con una meticulosidad realmente obsesiva. Había aprendido a oír lo que para un oído profano resultaría absoluto silencio en la extensión de los campos, y una de las mañanas incluso le preguntó al secretario por el nombre hebreo de un pájaro nocturno cuyo ornamentado silbido, ascendente, descendente y ondulante en el medio, despertaba en él a veces una punzada de añoranza, y otras, por lo insistente y empecinado que sonaba, algún que otro breve estallido de risa. Se quedaba escuchando el croar de las ranas, el repentino ladrido de uno de los perros, que arrastraba tras de sí un sinfín de ladridos de otros perros, y había aprendido a distinguir entre los ladridos sin propósito alguno que emitían los perros únicamente para activar sus cuerdas vocales y los ladridos intencionados provocados por los ruidos repentinos de un coche que pasara o por los pasos lejanos de alguna persona. Había descubierto los jabalíes (una vez, en verano, oyó de repente unos extraños ruidos como de succión, ronquidos y escupitajos, una especie de sonidos que le recordaron la ruidosa manera de comer de unos viejos desdentados, y cuando salió y dio la vuelta alrededor de la garita vio, en la parte de atrás, junto a las parras, una hembra de jabalí rodeada de sus jabatos que mordisqueaban las uvas agraces y después las escupían con gruñidos de desagrado), y durante unas cuantas noches siguió con interés los maullidos de pánico de un cachorro de gato que había trepado a uno de los árboles del camino y de ahí a lo alto del cobertizo de los tractores, y ahora no sabía cómo bajar.
