Pero lo que más le gustaba era el susurro de las copas de los árboles. Cuando el viento soplaba se oían los eucaliptos y podía verse entonces el vertiginoso baile de sus vainas marrones de forma alada que caían de los árboles floridos en tonos amarillos al borde de la carretera.

Transcurrió cierto tiempo hasta que el secretario del moshav dejó de dirigirle aquellas miradas escépticas. Un día incluso le palmeó amigablemente el hombro mientras le decía: «Eres un buen tipo, Boris, estamos muy contentos contigo, de veras, muy contentos». Su perseverancia y tesón, la ausencia de exigencias y quejas por su parte, unido al hecho de que no se hubiera producido ningún problema de seguridad relevante desde que había empezado a trabajar, lo hicieron merecedor de una confianza que él supo ganarse sin esfuerzo, ya que no sólo no sufría en absoluto, sino que disfrutaba de aquel trabajo. En el pequeño apartamento de la Agencia Judía en el que vivía en la aldea vecina, en un cuarto alquilado a una familia de inmigrantes más veteranos que él, del que hacía meses que planeaba marcharse en cuanto encontrara un lugar para él solo, la falta de espacio y el alboroto no le permitían estar a gusto consigo mismo. Hacía unas semanas que el secretario le había preguntado si no preferiría vivir en una caravana en el barrio que colindaba con el moshav en lugar de en aquel cuarto alquilado, e incluso le había insinuado que era posible que quedara libre una casita de las que había al final del moshav que Boris podría alquilar por un precio módico, posibilidad que lo tenía entusiasmado y hecho un manojo de nervios: vivir en una casita blanca, tranquila y rodeada de un patio que él convertiría en jardín. Se pasó largas horas fantaseando con las flores que plantaría en él, hasta que se ordenó a sí mismo dejar aquello, no fuera a ser que se hiciera demasiadas ilusiones sobre algo de lo que estaba casi seguro de que no iba a materializarse.



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