
– Escucha, tengo que sacaros a ti y a tus gatos de ahí dentro. Esta noche va a hacer frío y niebla. Sé que tienes hambre y estás cansada, así que cállate y coopera.
La gata parpadeó. Sus garras se cerraron.
Kane sacó a todos los gatitos y los dejó en la toalla dentro de la caja; luego, fue a agarrar a la madre. Esta le bufó; después, se levantó y, con gracia felina, saltó al interior de la caja y se tumbó al lado de sus crías.
Kane agarró su chaqueta, la zapatilla deportiva de Willow, el calcetín, la caja y se dirigió a su casa.
No había imaginado que su día acabara así. Había elegido llevar una vida tranquila. Le gustaba aquel lugar, estaba aislado, y no le gustaban las visitas. La soledad era su amiga y no necesitaba más. ¿Por qué tenía la sensación de que todo iba a cambiar?
Entró en su casa y encontró a Willow hablando por teléfono.
– Entendido -dijo ella al auricular-. Kane acaba de volver con los gatos. Ya. No, estupendo. Gracias, Marina, te lo agradezco.
– ¿Ha llamado a alguien? -preguntó Kane mientras dejaba la caja junto a la chimenea.
– Usted me ha dejado el teléfono. ¿Lo ha hecho para que no lo usara?
– Sólo para algo urgente.
– No me dijo eso. Además, ha sido una llamada local. He llamado a mi hermana. Va a traer comida de gato y una caja para los gatos. Ah, y también va a traer unos platos para la comida y la bebida para los animales, ya que supongo que no querrá que coman y beban en sus propios platos. Por otra parte, estoy segura de que mi hermana va a llamar a mi madre para contarle lo que me ha pasado, lo que significa que el doctor Greenberg va a venir a examinarme el pie antes de que me mueva.
– ¿Tiene un médico que hace visitas a domicilio?
– Mi madre trabajó con él durante años. Es un médico magnífico -Willow se miró el reloj-. Calculo que acabaremos a eso de las dos o las tres. En serio. Pero si tiene que marcharse a hacer algo, por mí no se preocupe.
