
Miró a su alrededor y le gustaron los travesaños de madera del techo y los tonos terrosos. La estancia, aunque muy amplia, era acogedora. Los grandes ventanales daban al sur y necesitaban que unas plantas los adornaran.
En la mesa que había a su lado reposaba un libro sobre Oriente Medio. Revistas de economía poblaban la mesa de centro delante del sofá. Interesante el tipo de lectura elegido por aquel individuo dedicado a los servicios de seguridad.
– ¿Tiene novia? -gritó ella.
Kane murmuró algo, pero no se entendió qué.
– No.
– ¿Ha ido a por hielo?
– Sí.
– No se olvide de la caja para la gata.
– No hay ninguna gata.
– Sí, claro que sí la hay. Y hace frío. Y aunque la gata esté bien, ¿qué va a pasar con los gatitos? Son recién nacidos. No podemos dejar que se mueran.
– No hay ninguna maldita gata.
Había una gata, pensó Kane contemplando el hueco del árbol. Una gata gris y blanca con tres diminutos gatos. A pesar de haber estado preñada hasta hacía sólo un par de horas, la gata se veía escuchimizada.
Una gata vagabunda, pensó Kane preguntándose qué había hecho él para merecerse aquello. Era un hombre decente. Intentaba portarse con honestidad. Lo único que quería era que el mundo lo dejara en paz. La mayor parte del tiempo, el mundo respetaba sus deseos. Hasta ese día.
Como las probabilidades de meter a la gata en la caja eran nulas, la dejó en el suelo y reflexionó. No estaba familiarizado con los animales domésticos, pero sabía que los gatos tenían garras, dientes y que eran huraños. Sin embargo, aquella gata acababa de dar a luz; por lo tanto, quizá su debilidad le confiriera disposición para mostrarse cooperativa. Por otra parte, acababa de ser madre y tenía el instinto de protección muy desarrollado.
De cualquier forma, sabía que iba a correr la sangre y que iba a ser la suya.
Metió la mano en el hueco del árbol y agarró a uno de los gatitos. La madre se lo quedó mirando y luego le echó la zarpa a la mano. Mientras sacaba del agujero a ese diminuto animal, la madre le hincó las garras. Sí, estupendo.
